Editorial de Mayo 2018

 

La bioeconomía puede ser de gran ayuda en los esfuerzos frente a problemas mundiales apremiantes como el hambre, la pobreza y el cambio climático, si se hace bien y sobre todo, con y para los agricultores familiares. Una bioeconomía sostenible se basa ante todo en la naturaleza y en las personas que cuidan y producen biomasa, es decir, los pequeños productores agropecuarios, los habitantes de los bosques y los pescadores, que a la vez son poseedores de valiosos conocimientos sobre cómo gestionar los recursos naturales de manera sostenible.

Así se expresó la directora general adjunta de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para Clima y Recursos Naturales, María Helena Semedo, al intervenir en la Cumbre Mundial de Bioeconomía que se celebró recientemente en Berlín. La bioeconomía alude a una economía que usa biomasa en lugar de recursos fósiles para producir alimentos y bienes no alimentarios, como bioplásticos y productos biofarmacéuticos y la innovación desempeña un papel clave en estos sectores “bio”, por lo que debemos asegurarnos de que todo el conocimiento, tradicional y nuevo, se comparte y respalda por igual.

Los estudios más recientes muestran que alrededor de 815 millones de personas en el mundo todavía padecen subalimentacion crónica, pero produciéndose suficientes alimentos para las necesidades del planeta, el problema suele ser la falta de acceso. La bioeconomía puede mejorar el acceso a los alimentos, por ejemplo, mediante los ingresos adicionales derivados de la venta de productos biológicos.

Semedo subraya la contribución potencial de la bioeconomía a los esfuerzos mundiales para abordar el cambio climático, aunque advierte en contra de una excesiva simplificación. “El hecho de que un producto sea bio, no significa que sea bueno para el cambio climático, depende de cómo se produce, y en particular, de cuánta y qué tipo de energía se usa en el proceso”.

Alrededor de 25 casos de todo el mundo que sirven como ejemplos exitosos de bioeconomía para desarrollar buenas prácticas. Por ejemplo, un grupo de mujeres pescadoras en Zanzíbar, produce cosméticos a partir de algas, abriendo un mercado completamente nuevo con productos de nicho de gran demanda. O Malasia, donde un programa gubernamental apoya la bioeconomía de tipo comunitario, o también Colombia, donde una comunidad ha participado en un proyecto que transforma pieles de piña en envases biodegradables y miel en jalea real.

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